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martes, 29 de marzo de 2016

la casa del lago. B.




Me levanté tarde y -como siempre- fui el último en hacerlo. No me acabo de explicar esa fea costumbre del personal de levantarse de madrugada. Solo son las 11:17 y ya han quitado la mesa del desayuno.

En la casa solo estaba B. justo debajo del perro, con su misma postura pero con copa en lugar de taza. Y  -después de llamarme dormilón- me informó que las chicas se habían ido a la playa de arena que había a unos quince minutos de paseo de la casa y que si, era probable que tomaran el sol en tetas. También me dijo que se fueron levantando entre las 8:59 y las 9:46.

Iba por su segundo gin tonic.

Me confesó que le gustaba mucho muchísimo C. aunque no le hacía ni caso. Y que parecía posible que A. estuviera en una actitud “todoesposibleestefinde” lo cual le generaba dudas de actuación.


“Bueno” -le dije- “A. es en este momento una opción fácil, parece que quiere olvidar y lo primero que deja de recordar es que no es recomendable añadir naufragios de botes salvavidas al hundimiento del barco. Y tu pareces olvidarte de recordar dos cosas; A. es tu amiga y que en la vida hay que correr detrás de lo que nos gusta, que no siempre es lo mas fácil”.

Me miró como si no hubiera entendido nada.

“Y espero -añadí- que cuando esta noche empecemos con las copas solo nos lleves dos de ventaja, a las chicas no les gustan los borrachuzos.”.

Le deje meditando mis -¿sabios?- consejos y salí a pasear por el borde del lago.

Mi cerebro hace difíciles equilibrios entre pasar como qué no quiere la cosa por donde estaban las chicas y echar un vistazo a sus tetas o portarme bien y acercarme al pueblo y tomar el café con leche que acabara de despertarme.

Me porté bien.
Luego -durante la comida- ellas comentaron que no había nadie y habían estado desnudas, leyendo, bebiendo vino y criticándonos y que solo una de esas cosas no era verdad.
Fue cuando me desequilibré.

Después de la cena B. se me acercó y me dijo “He cumplido, copas solo llevo dos y vinos menos que las chicas”. Sonreía entre satisfecho y travieso. “La de concesiones que hay que hacer para poder conseguir lo que se quiere, ¿verdad?”

Le sonreí. Me sonrió.